Cuatro de la madrugada, día sábado. El velador encendido, una bombacha rojiza abandonada en el piso de un departamento. Habitación empapelada, dos camas, cada una de una plaza. La cortina de la ventana a medio cerrar. Música de fondo: suena “Phil Collins”. Una rubia abierta de piernas, enrojecida; un muchacho penetrándola, enrojecido. Él por encima de ella, ella por encima del colchón. Una cajita de preservativos situada en la mesita de luz. Ella jadea, trasmite placer, al menos lo finge con astucia. De pronto detiene sus movimientos alojando la mano abierta entre sus pectorales; él la mira con estupor, al borde del espasmo, agitado, pero en su mente sigue penetrándola:
—Decime que sos mío —le murmura ella.
— ¿Cómo?
—Que me digas que sos mío. ¿Sos mío?
—Si.
—No… pero decime que sos mío.
—Soy tuyo.
—Ahora si.
Él le corre los brazos hacia atrás, más allá de sus cabellos revueltos, repartidos a lo largo de la almohada. De inmediato le sujeta las muñecas y comienza a penetrarla, con mayor intensidad. Ella jadea, también con mayor intensidad. Tuyo, mío, ¿de quién?
Relato extraído de http://ernestougarte.blogspot.com/
